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Mexico
RUTH PEREZ AGUIRRE.
EL “ACCIDENTE”.
Felipe, el esposo de mi madre, murió en una tarde de octubre. Yo ansiaba que muriera, aun así no quería matarlo. ¡Lo odiaba con todas mis fuerzas! Sin embargo, siempre que me preguntaron por mis relaciones con él, ponía en mi rostro una de mis más dulces sonrisas para que la interpretaran como un gesto de resignada discreción; no podía hablar mal de quien me procuraba casa y comida.
Un día, Felipe me pidió que lo ayudara a arreglar la antena de la televisión porque la imagen le parecía distorsionada. Él pensaba que el ramaje del enorme aguacate le estaría causando los problemas. Subimos al techo, y no bien habíamos llegado cuando empezó a gritarme muy molesto al ver las ramas sin recortar, además de mi olvido en recoger la hojarasca y los frutos podridos de la semana anterior; unas de mis tantas tareas en “su” casa.
Levantó la escoba tirada por ahí con descuido, lanzándomela con tanta fuerza que me golpeó la cara. Me gritó lleno de furia diciendo que era un tipo flojo, mantenido y para colmo afeminado; que yo sería el culpable si la humedad se filtraba en el cuarto de sus hijas. Caída a mis pies, la levanté; la llevaba conmigo dispuesto a comenzar de mala gana con mi fastidioso trabajo desoyendo los insultos que no se cansaba de proferirme. Caminaba delante de mí porque el techo estaba un poco inclinado. No sé cómo, impulsivamente, hice una tontería que se me ocurrió al ver que no cesaba de regañarme y de hacer un recuento de cuánto tiempo tenía manteniéndome en esos años de estar de parásito en su bendita casa.
Le metí entre los pies la escoba; tuvo tiempo para voltearse indignado y mirarme con un odio feroz que lo hizo perder el equilibrio. En vez de caer de frente, su cuerpo giró dando media vuelta y de inmediato rodó hacia la orilla para, finalmente, desplomarse sin poderse detener con nada hasta dar a tierra. Con cuidado me acerqué a la orilla para mirarlo lamentando por no haber tenido oportunidad de agarrarlo siquiera por un brazo al haber ocurrido todo con tanta rapidez. Al verlo, del susto casi me caigo yo también.
Era impresionante la vista que ofrecía su cuerpo, tirado como un maniquí roto con los brazos y piernas en posiciones desiguales en el centro de un charco de sangre. Me di prisa en bajar y corriendo fui a avisarle a mamá. Nos apresuramos a auxiliarlo dándonos cuenta de su mal estado, aunque vivía aún. Pedimos con urgencia una ambulancia, pero no tuvo oportunidad de llegar con vida al hospital.
No puedo relatar con exactitud lo sucedido esa tarde, en el transcurso de las siguientes horas posteriores al accidente. Me sentía alejado de ese lugar, mirando las cosas desde afuera, como si estuviera en lo alto de una montaña observando. Veía ir a mamá de un lado a otro de la casa completamente aturdida; la llegada de vecinos y familiares, en especial los de Felipe, más todas esas personas que se sentían involucradas con él, la atormentaban.
No me miraba, pero sabía distinguir en ella el sentimiento de dolor que escondía. Lo más penoso para mí era no poder reflejar mis ojos en la claridad de los suyos. Necesitaba relatarle con exactitud lo ocurrido allá arriba, de los insultos de Felipe, y como yo, tratando sólo de burlarme de él, quise tirarlo al suelo para verlo humillado un poco y reírme por vez primera a sus costillas. No tenía ninguna intención de lanzarlo por la orilla, mucho menos de matarlo. Eso era lo que quería explicarle, pero no me lo permitió.
Por momentos, cuando no había nadie en la casa, únicamente nosotros dos y las hijas que tuvo con él, en vez de escucharme se encerraba con ellas en su cuarto con llave. Yo subía y tocaba con suavidad rogándole con voz suplicante y plañidera que me permitiera entrar. Ella permanecía tan callada como si no estuviera ahí, ni siquiera me respondía con una sola palabra para pedirme que me retirara. Me sentaba entonces en el suelo llorando quedamente junto a la puerta; ni de esa manera logré convencerla de atenderme.
Así permaneció ese tiempo mientras lo sepultamos y se hicieron los rosarios de esos interminables nueve días. Al finalizar, por fin habló conmigo descargando su furia contenida. Estaba muy seria, con el rostro cansado lleno de marcas profundas a causa del dolor.
--¡Tú lo mataste, Daniel! ¿Por qué lo hiciste?
Fue lo primero que me dijo abruptamente cuando cerró la puerta de la calle al despedir a la última persona que nos acompañaba esa noche.
--Mamá, yo no lo maté, él se enredó y cayó por accidente… no quise hacerlo, pero alguien me dijo que pusiera la escoba entre sus pies para burlarme. Creo que fue el abuelo; su alma siempre me impulsa a hacer cosas que no deseo.
--¡Idiota!
Fue lo único que me respondió mientras me daba un fuerte golpe en la cara. De nada valieron mis súplicas y lágrimas.
--Sólo un estúpido como tú podría pensar eso. No te valgas de tus incapacidades mentales para culpar a tu difunto abuelo. ¡Vas a volverme loca si te sigo escuchando! Tenía razón Felipe en decirme que tú no eras normal, por eso recelaba de ti. Únicamente a una persona imbécil se le ocurre disculpar sus actos de esa forma.
--Mamá, te juro que no quería matarlo. Lo odiaba porque él era muy malo conmigo y mis hermanos, por eso se fueron de la casa, pero nunca pensé hacerle daño, jamás compré una navaja para esconderla y atacarlo cuando fuera necesario, como lo hicieron ellos... --Le dije llorando, tirado al suelo y abrazado a sus piernas.
--Quiero que te vayas en este momento de la casa, Daniel, no puede seguir viviendo junto a mis hijas el asesino de su padre.
--¡Mamá, perdóname!, pero no me abandones, yo no podría vivir lejos de ti. Dime qué debo hacer para que me entiendas.
--Lo siento, ya eres todo un hombre y debes responsabilizarte de tus actos.
En ese momento tocaron fuertemente a la puerta y me asusté; pude observar que ella estaba tranquila como si se le hubiera quitado un peso de encima. Presurosa fue a ver quién tocaba a esas horas.
--Es la policía, Daniel, vienen por ti. --Fueron las últimas palabras que le escuché decirme.
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